Hay músicos que escriben canciones y hay músicos que escriben capítulos de la historia. Pacho Galán pertenece a los segundos.
Ciento veinte años después de su nacimiento, el nombre de Francisco Galán Blanco sigue sonando como si el tiempo, en lugar de apagarlo, hubiera decidido convertirlo en memoria. Nació en Soledad, Atlántico, el 4 de octubre de 1906, y murió en Barranquilla el 21 de julio de 1988. Entre esas dos fechas cabe una vida extraordinaria: la de un hombre que convirtió los sonidos del Caribe en lenguaje universal.

Pacho Galán no fue únicamente trompetista, compositor, arreglista o director de orquesta. Fue, sobre todo, un creador. Un hombre capaz de escuchar lo que otros escuchaban y descubrir, detrás de esos sonidos, algo que todavía no tenía nombre. Desde muy joven entendió que la música no era un pasatiempo. A los 14 años ya tocaba violín y clarinete y había compuesto un vals dedicado a su madre. Su formación fue amplia y disciplinada, y con los años llegó a dominar diferentes instrumentos y a participar en algunas de las principales agrupaciones musicales de su época. Pero su verdadera revolución todavía estaba por llegar. En los años cincuenta, cuando Colombia comenzaba a vivir una transformación profunda de sus costumbres, de la radio y de la industria discográfica, Galán hizo algo que solamente consiguen los grandes: tomó elementos que ya existían y los convirtió en una identidad nueva.
De la cumbia y del merengue costeño surgió el merecumbé. No fue una simple mezcla. Fue una arquitectura sonora. Percusión, batería, metales, saxofones y una cadencia propia encontraron bajo su dirección una forma diferente de conversar. El resultado fue un ritmo esencialmente caribeño, pero con una vocación que no conocía fronteras. Entonces apareció “Ay, cosita linda”. Y Colombia cambió de ritmo. La canción, grabada inicialmente en 1955, trascendió rápidamente los salones del Caribe. Llegó al cine mexicano y fue interpretada por agrupaciones y artistas de enorme reconocimiento internacional, entre ellos la Sonora Matancera, Billo’s Caracas Boys y Nat King Cole. Lo que había nacido de la imaginación de un músico soledeño terminó convirtiéndose en una carta de presentación de Colombia ante el mundo. Hay algo particularmente admirable en esa historia: Galán tenía 49 años cuando el merecumbé alcanzó su gran explosión. Es una lección que todavía necesitamos recordar. La genialidad no tiene edad. La creación no pregunta cuántos años tiene quien se atreve a intentarla. Y los grandes sueños tampoco llegan siempre temprano.
Pacho Galán, además, nunca se conformó con una sola fórmula. Su imaginación produjo otros ritmos como el chiquichá, el bambugay, el mecemece y el tuqui-tuqui, entre muchos otros. Algunas fuentes documentan más de 400 obras y cerca de 90 producciones discográficas, una dimensión creativa que ayuda a comprender por qué su nombre ocupa un lugar tan importante en la historia de la música tropical colombiana. Pero quizá su mayor legado no esté solamente en la cantidad de canciones. Está en haber demostrado que el Caribe podía modernizarse sin dejar de ser Caribe. Mientras las grandes orquestas y las nuevas tecnologías de grabación transformaban la música popular, Galán supo dialogar con las sonoridades internacionales sin renunciar a la raíz. Su obra hizo parte de ese movimiento que llevó el porro, la cumbia y el merecumbé desde los escenarios regionales hacia públicos de todo el país. Por eso, recordar a Pacho Galán no es mirar hacia atrás. Es reconocer de dónde venimos. Porque cada vez que una trompeta anuncia una fiesta, cada vez que una pareja se levanta a bailar una cumbia, cada vez que un músico joven busca una manera distinta de contar musicalmente su tierra, hay algo de aquella revolución silenciosa que comenzó en el Caribe colombiano.
Soledad no solamente vio nacer a un músico. Vio nacer a un lenguaje. Y Colombia tuvo la fortuna de escucharlo. Hoy, 120 años después de su nacimiento, Pacho Galán no necesita que lo rescaten del olvido. Su música se ha encargado de impedirlo. El verdadero homenaje no consiste únicamente en repetir su nombre, sino en comprender la dimensión de su obra: aquel hombre que tomó los sonidos de su tierra los estudió, los transformó y les dio una nueva vida consiguió algo reservado para muy pocos artistas. Hizo que Colombia pudiera bailar consigo misma. Y eso, en cualquier época, es una forma sublime de eternidad.
Por Silverio Jose Herrera Craballo