
La muerte de Antonio Navarro Wolff vuelve a poner sobre la mesa uno de los capítulos más complejos y contradictorios de la historia política contemporánea de Colombia: el tránsito de la lucha armada a la democracia, las heridas que dejó la violencia y la difícil tarea de construir reconciliación en un país que todavía no termina de cerrar sus cicatrices.
Su fallecimiento, cuya noticia fue confirmada por su familia según el reporte difundido por EL TIEMPO este primero de noviembre de 2026, no representa únicamente la partida de un dirigente político. También marca el final de una trayectoria que estuvo atravesada por la confrontación armada, la negociación, la participación política y el ejercicio de importantes responsabilidades públicas.
Navarro Wolff nació en Pasto, Nariño, el 9 de julio de 1948. Ingeniero sanitario de profesión, se vinculó al Movimiento 19 de Abril (M-19), organización guerrillera de la que llegó a ser uno de sus principales comandantes, después de Carlos Pizarro Leongómez. Su historia estuvo marcada por la violencia. En mayo de 1985 sobrevivió a un atentado con granada en Cali que le ocasionó la pérdida de una pierna y graves secuelas físicas. Fue una de las víctimas de una época en la que la intolerancia política y la confrontación armada cobraban vidas y destruían familias. Pero hay un capítulo que resulta indispensable para comprender su dimensión histórica: la desmovilización del M-19 en 1990 y su incorporación a la vida democrática. Tras el asesinato de Carlos Pizarro, Navarro asumió la candidatura presidencial de la Alianza Democrática M-19 y se convirtió en uno de los protagonistas del proceso político que desembocó en la Asamblea Nacional Constituyente de 1991.
Junto a Álvaro Gómez Hurtado y Horacio Serpa presidió aquella Asamblea que dio origen a la Constitución Política que hoy nos rige. Posteriormente fue ministro de Salud, alcalde de Pasto, gobernador de Nariño, congresista y senador de la República. Su trayectoria demuestra que es posible abandonar las armas y asumir las reglas de la democracia. Sin embargo, esa transformación no puede interpretarse como una absolución automática de la historia ni como una invitación a olvidar a quienes padecieron la violencia del M-19 y de los demás actores armados.
La reconciliación no puede construirse sobre el olvido, ni la paz puede convertirse en una excusa para relativizar el dolor de las víctimas. Colombia necesita tener memoria completa. Una memoria que reconozca los esfuerzos de quienes decidieron dejar la confrontación, pero que también mantenga presente el sufrimiento de civiles, militares, policías y familias que quedaron atrapados en décadas de violencia. Navarro fue un hombre de contradicciones históricas: participó en una organización armada y posteriormente se convirtió en protagonista de la institucionalidad democrática. Esa dualidad hace parte de su legado y debe ser examinada sin fanatismos, sin condenas simplistas y, sobre todo, sin manipulación política.
Hoy, cuando Colombia sigue enfrentando organizaciones criminales que pretenden imponer sus intereses mediante las armas, su historia deja una reflexión necesaria: ninguna transformación política puede justificar indefinidamente la violencia contra los colombianos. La paz exige voluntad, pero también responsabilidad; exige oportunidades, pero igualmente justicia; exige reconciliación, pero nunca impunidad para quienes hayan cometido delitos.
Antonio Navarro Wolff se marcha dejando una huella profunda en la historia nacional. Su nombre estará ligado al M-19, a la desmovilización de 1990, a la Constituyente del 91 y a varias décadas de vida pública. Que su partida sirva para recordar que las diferencias políticas jamás deben resolverse mediante las armas y que la democracia, con todas sus imperfecciones, sigue siendo el camino para dirimirlas.Porque una nación que olvida su pasado corre el riesgo de repetirlo, y una nación que no reconoce a sus víctimas difícilmente podrá alcanzar una reconciliación verdadera.
Paz en su tumba. La historia tendrá la última palabra sobre su legado.
Por Silverio José Herrera Caraballo