Hay refranes populares que sobreviven generaciones porque describen con una precisión extraordinaria aquello que las palabras elegantes intentan disimular. Mi padre, con esa sabiduría natural que no se aprende en ninguna universidad, decía que cuando de una casa se llevan hasta lo que adorna las paredes, termina quedando “como corral de viuda”. Y, viendo el nuevo interrogante que rodea a la Casa de Nariño, la frase vuelve a cobrar vigencia.

El 16 de octubre, la periodista Darcy Quinn encendió las alarmas en La FM al advertir que varias obras de reconocidos artistas colombianos, entre ellas piezas de Alejandro Obregón y Fernando Botero, no estarían en los lugares donde habitualmente se exhibían. Entre las mencionadas aparecen El cóndor, de Obregón; Madre Superiora, de Botero; Ángela cayendo, también de Obregón, y La Constituyente, de Beatriz González. La ubicación de estas obras requiere una explicación oficial Y aquí comienza el problema: ¿dónde están?, ¿quién autorizó sus movimientos?, ¿en qué inventarios figuran?, ¿quién responde por su custodia? Que quede claro: hasta ahora, la información publicada no demuestra que las obras hayan sido robadas. Pero tampoco resulta aceptable que el país tenga que enterarse por una denuncia periodística de que existen dudas sobre el paradero de piezas que forman parte del patrimonio cultural colombiano. Porque una cosa es cambiar la decoración de un palacio presidencial y otra, muy distinta, es perderle la pista a sus bienes.

El condor de A. Obregon.
Durante cuatro años, Gustavo Petro convirtió la Casa de Nariño en escenario de sus preferencias políticas, sus símbolos y sus particulares interpretaciones de la historia. Tenía derecho a introducir cambios dentro de la legalidad. Lo que nunca tuvo fue autorización para tratar el patrimonio público como si se tratara de la sala de su casa. ¿Que las obras fueron trasladadas? Perfecto. Presenten las actas. ¿Que están almacenadas? Informen dónde, en qué condiciones y bajo responsabilidad de quién. ¿Que salieron para una exposición? Que aparezcan los permisos, los registros y los documentos de entrega. Tan sencillo como eso. Y si todo está en orden, la respuesta institucional debería ser inmediata. No hay razón para convertir un inventario público en una novela de misterio, con artistas inmortales, paredes vacías y ciudadanos preguntándose quién tiene la llave del depósito.

La Madre superiora de F. Botero.
Lo verdaderamente preocupante es que hablamos de obras de maestros que pertenecen a la historia artística nacional. No son adornos desechables ni recuerdos personales de un gobernante. Son bienes cuya conservación exige rigor, trazabilidad y responsabilidad administrativa. Además, las preguntas sobre los seguros no son menores: cualquier traslado debe cumplir las condiciones contractuales correspondientes. La periodista Darcy Quinn advirtió sobre ese riesgo, pero corresponde a las autoridades verificar las pólizas y establecer si hubo alguna irregularidad. Desde una posición de ciudadano, defensor de la legalidad y del manejo responsable de los recursos públicos, lo digo sin titubeos: el Estado no es una finca particular, la Presidencia no es una mudanza sin inventario y el patrimonio nacional no puede quedar sometido a la improvisación. Y si alguien pretende responder que todo esto es una exageración de la oposición, que recuerde algo elemental: exigir cuentas no es perseguir políticamente. Es ejercer ciudadanía.

El Angel caido de A. Obregon.
Mi pregunta sigue en pie: ¿dónde están las obras? ¿Quién las recibió? ¿Quién certifica que permanecen intactas? ¿Qué dicen los inventarios de entrega y recepción entre administraciones?

La constituyemte de Beatriz Gonzalez
Que se revisen los registros, las cámaras de seguridad y cada documento de traslado. Si todo está en regla, que se demuestre. Si hay responsabilidades, que se determinen y se actúe conforme a la ley. Mientras tanto, vuelve a resonar la sentencia de mi viejo: “como corral de viuda”. Ojalá que esta vez no tengamos que descubrir que, además de cambiar los cuadros, alguien olvidó explicar qué pasó con ellos. Porque una cosa es dejar las paredes vacías y otra muy distinta es dejar vacías las respuestas.