El Día del Ganadero ya pasó en el calendario, pero hay oficios que no caben en una fecha. La ganadería es uno de ellos. Al ganadero, como a las madres, habría que celebrarlo todos los días, porque todos los días hay una responsabilidad que cumplir, un animal que alimentar, una finca que recorrer y un patrimonio que proteger. Mi abuelo solía decirle a mi padre, y mi padre me lo repetía a mí: “el ganado es ganancia”. Una frase sencilla, de esas que parecen pequeñas, pero guardan toda una filosofía de vida. Porque detrás de cada res hay trabajo, inversión, paciencia, sacrificio y, muchas veces, varias generaciones construyendo un patrimonio familiar.
Ganadero no es solamente quien posee mil, quinientas o cien cabezas de ganado. También lo es aquel hombre o aquella mujer que comienza con una sola vaca, con un pequeño potrero y con la esperanza de hacer crecer, poco a poco, su actividad. El tamaño del hato no determina la dignidad del ganadero. Lo determina su amor por el campo, su responsabilidad y su capacidad para levantarse cada día a trabajar.
La actividad ganadera no conoce domingos, festivos ni vacaciones. Es una actividad 24/7. Llueva o haga sol, haya puente festivo o sea un día cualquiera, el ganado necesita atención. Hay que revisar los potreros, garantizar agua y alimento, vigilar los animales, atender nacimientos, enfermedades, accidentes y cualquier situación que pueda presentarse. Y allí está una de las grandes virtudes de la actividad ganadera: enseña paciencia. El ganadero sabe que las cosas buenas no siempre ocurren de inmediato. Una cría necesita tiempo para crecer. Un proyecto productivo requiere inversión. Un potrero necesita cuidado. Una finca necesita años para consolidarse. La ganadería, como la vida, premia muchas veces a quien sabe esperar y trabajar. Pero tampoco podemos romantizar el campo. Ser ganadero tiene contrariedades. El costo de los insumos, las condiciones climáticas, las dificultades de comercialización, las vías rurales deficientes, la inseguridad, el abigeato y el carneo golpean directamente el bolsillo y la tranquilidad de quienes producen. Cada animal hurtado representa mucho más que una cifra económica. Representa jornadas de trabajo, alimento, vacunas, medicamentos, mano de obra, inversiones y sueños. Por eso la seguridad rural no puede ser un asunto secundario. Proteger al ganadero es también proteger la producción de alimentos, el empleo rural y buena parte de la economía regional.
En departamentos como Sucre, Córdoba, Bolívar y Magdalena, hablar de ganadería es hablar de nuestra propia identidad. El ganado forma parte del paisaje, de la cultura, de la economía y de la historia de nuestras familias campesinas. Por eso, aunque el Día del Ganadero tenga una fecha en el calendario, el reconocimiento debe ser permanente. Al pequeño ganadero que madruga; al que recorre kilómetros a caballo; al que conoce cada animal por su comportamiento; al que celebra un nacimiento; al que sufre cuando pierde una res; al que reinvierte sus ganancias para hacer crecer su hato; al que heredó la tradición de sus padres y al que apenas comienza. A todos ellos, respeto y admiración. Porque la ganadería no es solamente tener ganado. Es cuidarlo, trabajarlo, protegerlo y entender que detrás de cada animal existe una historia de esfuerzo. El ganadero no necesita un solo día. El ganadero trabaja todos los días. Y todos los días merece nuestro reconocimiento.
Por Silverio Jose Herrera Caraballo