La imagen tiene una carga simbólica que Colombia no puede ignorar: la Paloma de la paz, escultura de Fernando Botero, cayó desde el tercer piso del Museo Nacional y sufrió daños en su ala izquierda (que ironia que fuera la izquierda). La obra, de 70 centímetros, fue creada y donada por Botero en 2016 como expresión de respaldo al proceso de paz con las entonces FARC. El Ministerio de Cultura confirmó el incidente y la pieza será sometida a evaluación y posterior restauración.
El accidente, según los primeros reportes, ocurrió cuando una visitante se acercó al pedestal para tomarse una fotografía y accidentalmente lo empujó, provocando la caída de la escultura al segundo piso. La pieza no quedó destruida y, por su estructura de bronce, podría ser restaurada. Hasta aquí, los hechos. Pero Colombia también tiene derecho a leer los símbolos desde su propia experiencia. Y resulta difícil no advertir cierta ironía histórica: aquella paloma que en 2016 representaba esperanza, reconciliación y el supuesto comienzo de una nueva nación, terminó literalmente en el piso, precisamente en un país que todavía discute los resultados de aquel proceso.
Botero la entregó con la ilusión de que la paz abriría un futuro distinto. El entonces presidente Juan Manuel Santos llegó a decir que tendría un lugar permanente en la Casa de Nariño. Sin embargo, apenas ocho días después de su develación, el plebiscito del 2 de octubre de 2016 rechazó el acuerdo con el 50,21 % de los votos, frente al 49,79 % del Sí. Y aquí comienza la discusión que todavía incomoda.
Como contradictor del fallido proceso de paz, considero legítimo preguntar qué recibió Colombia a cambio de semejante apuesta política. Las FARC dejaron las armas y obtuvieron participación política, incluyendo diez curules garantizadas durante dos periodos legislativos. Mientras tanto, millones de colombianos que padecieron secuestros, asesinatos, extorsiones, desplazamientos y terrorismo siguen esperando una sensación de justicia que para muchos nunca llegó.
Es cierto que la JEP, la Comisión de la Verdad y otros mecanismos fueron creados para esclarecer responsabilidades y reparar a las víctimas. Pero también es cierto que para amplios sectores de la sociedad las sanciones y resultados judiciales no han correspondido a la gravedad de los crímenes cometidos durante décadas de violencia. La verdad, además, quedó atrapada entre versiones, informes, testimonios y responsabilidades políticas que todavía generan controversia. Y mientras los grandes victimarios tuvieron representación institucional y beneficios derivados del acuerdo, numerosas víctimas continuaron enfrentando pobreza, abandono y miedo.
La ironía es inevitable: la paloma no se rompió completa (solo fue su ala izquierda) pero sí cayó. Tal vez Colombia debería preguntarse si esa caída es solamente un accidente museístico o una metáfora involuntaria de una paz que fue presentada como definitiva y terminó dejando heridas abiertas, nuevas estructuras criminales y una sociedad profundamente dividida. La obra de Botero merece ser restaurada y protegida. La paz también. Pero una paz verdadera no puede sostenerse únicamente sobre símbolos, discursos o esculturas. Necesita justicia, verdad, reparación, seguridad y, sobre todo, respeto por las víctimas. Porque una cosa es restaurar una paloma de bronce. Otra muy distinta es restaurar la confianza de un país.
La paloma cayó, y con ella un símbolo que Colombia todavía no logra sostener.