La izquierda colombiana anunció una gran demostración de fuerza contra el presidente Abelardo de la Espriella. Gustavo Petro agitó la convocatoria, Iván Cepeda acompañó las movilizaciones y sindicatos, estudiantes y organizaciones sociales salieron a las calles el miércoles 14 de octubre. Sin embargo, una pregunta queda sobre la mesa: ¿lograron convertir la protesta en el gran pulso político que pretendían plantearle al nuevo Gobierno?
Mi lectura es clara: la oposición hizo ruido, pero no demostró la fuerza arrolladora que algunos esperaban. Y cuando una movilización se anuncia como una gran demostración nacional, también debe evaluarse por su capacidad de convocatoria, sus reivindicaciones y su impacto real. No se trata de desconocer a quienes marcharon ni de negarles sus derechos. Se trata de distinguir entre la protesta legítima y la pretensión de presentar cada convocatoria como un plebiscito contra el presidente.
¿Y qué esperaban? ¿Que después de apenas 67 días de Gobierno los colombianos salieran masivamente a pedir la cabeza política de un mandatario que apenas comienza a ejecutar su programa?
Abelardo de la Espriella recibió un país con problemas estructurales de seguridad, economía y servicios públicos, y afrontó además la emergencia provocada por el terremoto ocurrido tres días después de su posesión. Ese contexto no lo exonera de responsabilidades, pero sí obliga a medir su gestión con rigor, no con la impaciencia selectiva de quienes parecen exigir en semanas lo que no resolvieron durante años. La oposición tiene derecho a fiscalizar. Lo que no puede pretender es que la crítica partidista sustituya la evaluación de resultados.
¿Les incomoda la orientación de la política de seguridad? Que presenten cifras y contrasten resultados. ¿Cuestionan la relación internacional del Gobierno? Que expliquen qué decisiones consideran perjudiciales y por qué. ¿Rechazan las reformas? Que argumenten sobre sus efectos concretos. La democracia necesita debates, no únicamente consignas. La jornada también dejó puntos oscuros que merecen atención. En Ibagué, la movilización terminó con intervención de la Unidad de Diálogo y Mantenimiento del Orden que volverá a llamarse ESMAD, gases lacrimógenos y bombas aturdidoras, en medio de confrontaciones entre uniformados y manifestantes. Estos últimos denunciaron actuaciones arbitrarias, reclamos que deben investigarse con transparencia. En Bogotá, las marchas afectaron la movilidad y el funcionamiento de estaciones de TransMilenio. Al mismo tiempo, varios reportes describieron el balance nacional como mayoritariamente pacífico.
Ese es el rigor que corresponde: ni ocultar los incidentes ni convertirlos en una acusación indiscriminada contra todos los participantes. También es necesario preguntarse si algunos dirigentes opositores están más interesados en desgastar políticamente al presidente que en construir alternativas viables. Petro conoce el poder de las calles; ahora debe demostrar que sabe ejercer la oposición sin convertir cada diferencia con su sucesor en una batalla por la legitimidad del Gobierno.
Desde mi posición política, favorable a la administración de De la Espriella, considero que el mandatario merece la oportunidad de demostrar con hechos el alcance de sus decisiones. Pero esa defensa no exige silencio frente a sus errores: exige evaluar su gestión con la misma severidad que aplicamos a sus contradictores. La izquierda convocó, marchó y expresó su inconformidad. Eso es democracia. Sin embargo, no basta con salir a la calle para demostrar que se representa a todo un país. Perdieron las calles, al menos en la pretensión de convertir esta jornada en una demostración incontestable de fuerza. La verdadera prueba para el Gobierno será cumplir; para la oposición, demostrar que puede cuestionar con argumentos, propuestas y respaldo ciudadano verificable. Porque Colombia no necesita una guerra permanente entre dirigentes. Necesita seguridad, empleo, instituciones serias y resultados. Y al final, ni las arengas gobiernan ni las pancartas resuelven los problemas nacionales. Los hechos, tarde o temprano, terminan hablando