En Colombia la política tiene una virtud extraordinaria: la memoria dura exactamente lo que dura una elección. Han pasado apenas unas semanas desde la llegada de Abelardo De La Espriella a la Presidencia y algunos sectores de la oposición ya parecen haber encontrado la fórmula para resolver todos los problemas nacionales: mociones de censura, comunicados, indignación en redes sociales y, por supuesto, una lupa gigantesca sobre cada movimiento del nuevo Gobierno. ¡Qué velocidad! ¡Qué compromiso democrático tan repentino!
Durante los cuatro años anteriores, buena parte de quienes hoy descubren con entusiasmo las virtudes del control político tuvieron, una particular dificultad para escuchar los reclamos ciudadanos sobre seguridad, escándalos, contratación, orden público y las controversias que acompañaron al Gobierno Petro. Hoy, en cambio, cada decisión parece merecer una comisión, una denuncia y, si alcanza el tiempo, una conferencia de prensa, el cartel del circo es nutrido.
La oposición, aparentemente, acaba de descubrir que existe. Y no hay nada malo en que exista. Al contrario: una democracia necesita oposición, control político y congresistas dispuestos a vigilar al Gobierno. Lo que resulta difícil de entender es que los principios parezcan funcionar con un calendario de cuatro años. Ahora se cuestionan los viajes presidenciales. Perfecto: que se revisen gastos, objetivos, resultados y pertinencia. Pero también conviene mirar qué está haciendo el presidente cuando se desplaza. En las primeras semanas de su mandato, una parte sustancial de su agenda ha estado relacionada con las regiones golpeadas por el terremoto del 10 de agosto y con la reconstrucción. El propio Gobierno reportó afectaciones en cientos de municipios y decenas de miles de familias. Como payasos de circo o bufones de corte lanzan arengas, llevan globos y flotadores al congreso, antes del 7 de agosto pasado estaba guardados en un baúl, que incoherencia.
Entonces aparece la pregunta incómoda: ¿el problema son los viajes o quién viaja?
Porque si un presidente se desplaza a las zonas afectadas por una tragedia para atender la emergencia, difícilmente puede analizarse ese viaje con la misma lógica de una gira personal o turística. Eso no significa que el mandatario esté exento de control. Significa que el control también necesita contexto. Y mientras tanto, apenas comienza el Gobierno, ya aparecen mociones de censura y una oposición que parece estar compitiendo consigo misma para demostrar quién se indigna primero. Colombia necesita oposición. Pero necesita una oposición coherente y seria. Una que cuestione a Petro cuando gobierna Petro y a De La Espriella cuando gobierna De La Espriella. Una que no convierta el control político en una herramienta de revancha. Una que no confunda fiscalización con espectáculo. Porque cuando los principios cambian dependiendo de quién ocupa el Palacio de Nariño, dejan de parecer principios y empiezan a parecer intereses.
El país no necesita cuatro años de aplausos. Tampoco necesita cuatro años de escándalos prefabricados. Necesita algo mucho más difícil: coherencia. Y si eso resulta demasiado pedirle a nuestra clase política, al menos que bajen un poco el telón. El circo ya tiene suficientes funciones. Al gobierno del presidente De la Espriella hay que dejarlo que por lo menos pueda organizarse luego de recibir un país a la deriva. Por favor los payasos que por lo menos hagan buena función, no dan risa, sino lastima.
Por Silverio Jose Herrera Caraballo