“Yo no puedo caminar, pero en mi silla yo creo que hasta he podido volar”. Hay frases que trascienden a quien las pronuncia y terminan convirtiéndose en una lección para quienes las escuchan. Esta, de Juan Gonzalo Botero Botero, es una de ellas.

Juan Gonzalo Botero Botero, Ingeniero agrónomo, con formación en estudios políticos y económicos, logística internacional y dirección de empresas agropecuarias, Juan Gonzalo Botero ha construido una trayectoria ligada al campo colombiano, al sector público y a diferentes escenarios desde los cuales ha trabajado por el desarrollo del país. Fue viceministro de Asuntos Agropecuarios y ministro encargado, además de ocupar responsabilidades relacionadas con el sector agropecuario y con los productores colombianos. Pero hay una faceta de su historia profesional y personal que merece una mirada mucho más profunda: la de un hombre que, después de enfrentar una discapacidad física, decidió no permitir que una condición corporal se convirtiera en una condición para sus sueños.
Él mismo lo cuenta con una frase que resume buena parte de su vida: “En mi silla yo creo que hasta he podido volar”. Y vaya si lo ha hecho. Ha recorrido Colombia en carro, avión, chalupa y helicóptero. Ha conocido de cerca a productores que madrugan cada día para trabajar la tierra y llevar los alimentos hasta las mesas de millones de colombianos. Ha recorrido territorios y conocido realidades que muchas veces permanecen invisibles desde las grandes ciudades. Su silla de ruedas no terminó siendo una frontera. Se convirtió, paradójicamente, en un vehículo para seguir descubriendo el país. Pero sus palabras también contienen una reflexión que Colombia no debería pasar por alto: todavía tenemos mucho por aprender en materia de inclusión.
No basta con hablar de discapacidad. Hay que hablar de capacidades. No basta con permitir que una persona llegue a un lugar. Hay que crear las condiciones para que pueda desarrollar plenamente su talento. El verdadero problema muchas veces no está en la discapacidad, sino en las barreras que la sociedad construye alrededor de ella: los prejuicios, la desconfianza, las oportunidades que se cierran antes de conocer las capacidades de una persona.
Botero reconoce que se equivoca, como cualquier ser humano. Y en esa afirmación hay otra enseñanza poderosa. La discapacidad no elimina la posibilidad de equivocarse, aprender, rectificar, pedir disculpas y volver a comenzar. La dignidad humana no está en ser perfecto, sino en tener la honestidad de reconocer nuestros errores y la voluntad de continuar. Su testimonio también habla de momentos mucho más difíciles: la pérdida del empleo, el distanciamiento de algunas personas, la soledad y esa sensación dolorosa de que una oportunidad laboral puede tardar demasiado en llegar. Es precisamente allí donde su reflexión adquiere mayor profundidad.
Porque cualquiera puede hablar de fortaleza cuando tiene abiertas todas las puertas. La verdadera fortaleza aparece cuando las puertas comienzan a cerrarse y, aun así, encontramos razones para seguir adelante.
Juan Gonzalo lo expresa de una manera sencilla: “Ahí se ve la verdadera fortaleza del ser humano; seguir adelante cuando crees que ya no puedes”. Esa frase debería servirnos para mirar de otra manera a las personas con discapacidad y, en general, a todos aquellos que enfrentan dificultades que no siempre conocemos.
La sociedad necesita dejar de preguntar únicamente qué no puede hacer una persona y comenzar a preguntar qué necesita para poder hacerlo. Cuando se eliminan las barreras y se generan las condiciones adecuadas, el talento encuentra caminos. Y quizás esa sea la gran enseñanza que deja el testimonio de Juan Gonzalo Botero Botero: no siempre podemos escoger las circunstancias que nos corresponden, pero sí podemos decidir qué hacemos con ellas.
Hay quienes caminan grandes distancias sin avanzar demasiado. Y hay quienes, sentados en una silla de ruedas, recorren un país, conocen a su gente, defienden sus convicciones, enfrentan la adversidad y siguen esperando una oportunidad. Por eso sus palabras no son solamente un testimonio personal. Son una invitación a transformar nuestra mirada.
La discapacidad no debería ser medida por aquello que falta, sino por todo aquello que una sociedad está dispuesta a hacer para que las capacidades puedan florecer.
Y cuando eso ocurre, quizá entendamos finalmente que sí: hay sillas que no impiden volar. Hay voluntades que aprenden a hacerlo. Una vez leí una frase que me ha marcado toda la vida y espero entienda el contexto, y es la siguiente: “un día me sentí mal porque no tenía zapatos, hasta que vi a alguien que no tenía pies” En el caso del Doctor Juan Gonzalo Botero, Dios quizás no le dio movimiento a sus piernas, pero puso en su cabeza una inteligencia inigualable, que le ha permitido volar, navegar e incluso caminar donde muchos no han podido; pero aún más aun dispuso una vida al servicio de todo el país.
Fuerza y capacidad en la discapacidad.
