Señor Fajardo, profesor, exalcalde de Medellín, excandidato presidencial y, por lo visto, candidato universal a opinar, sobre todo: tengo más de diez millones de razones para decirle algo con todo respeto: mejor recójase un poquito. Calladito se ve mejor y no hace daño.
Usted podrá seguir haciendo sus análisis desde la comodidad de la distancia, pero los colombianos ya hablaron en las urnas y Abelardo Gabriel de la Espriella Otero es hoy el presidente de Colombia para el período 2026-2030. Y sí, profesor: llegó el momento de gobernar. Entiendo que no le guste su estilo. Entiendo también que usted haya sido crítico de De la Espriella desde la campaña. De hecho, durante la contienda llegó a calificarlo duramente y manifestó su preocupación por el rumbo que podría tomar el país bajo su gobierno. Pero una cosa es advertir, criticar y ejercer oposición, y otra muy distinta es parecer un comentarista permanente de una película en la que usted ya no tiene papel protagónico. Por eso, profesor Fajardo, le digo con la franqueza de quien no tiene compromisos políticos con usted: sus comentarios sobre la manera como el Presidente enfrenta a los grupos criminales no hacen falta.
Colombia está cansada de discursos, de diagnósticos y de gobiernos que explican durante años por qué no pueden hacer lo que prometieron hacer. Usted podrá pensar lo que quiera. Está en todo su derecho. Pero mientras usted observa, analiza y comenta, el Gobierno está enfrentando una realidad que no admite demasiadas ecuaciones: hay organizaciones criminales que deben ser enfrentadas por el Estado.
¿Que las acciones del Presidente deben estar sometidas a la Constitución y la ley? Por supuesto. ¿Que la Fuerza Pública debe cumplir su misión dentro del marco jurídico? Naturalmente. ¿Que el poder presidencial exige responsabilidad en sus palabras y actuaciones? Sin discusión.
Pero tampoco podemos pretender que el Presidente se convierta en espectador de la violencia mientras otros cargan con la responsabilidad de enfrentarla. Así que, profesor, aproveche la tranquilidad que le queda después de la campaña. Disfrute su reposición de votos, vuelva a sus libros, a sus estadísticas, a sus recorridos y a ese eterno paseo poselectoral que ya parece convertirse en tradición.
En mi tierra dicen una frase que viene como anillo al dedo: “No lavan, ni prestan la batea”. Y para cerrar, como diría el gran Diomedes Díaz: “Se la dejo ahí”. Porque Colombia ya escogió presidente. Y mientras unos siguen explicando cómo debería gobernar, el Gobierno tiene que gobernar. El tiempo dirá qué resultados tendrá esta administración. Pero apenas han transcurrido unas semanas desde la posesión presidencial; juzgar toda una administración por adelantado también sería otra forma de hacer política desde el balcón.
Por ahora, profesor Fajardo, una recomendación con sabor Caribe y una sonrisa de por medio: Mejor recójase. Y, sobre todo, no hace daño
Por Silverio Jose Herrera Caraballo
