El 9 de octubre de 1967, en una pequeña escuela rural de La Higuera, Bolivia, terminó la vida de Ernesto Guevara de la Serna, conocido mundialmente como el Che Guevara. Tenía 39 años. El hombre que había alcanzado notoriedad internacional tras participar en la Revolución cubana y convertirse en uno de los principales promotores de la lucha guerrillera en América Latina fue ejecutado por orden de las autoridades militares bolivianas. No murió en medio del combate, como se informó inicialmente. Lo capturaron vivo, herido en una pierna, lo interrogaron y, al día siguiente, lo ejecutaron. Documentos estadounidenses desclasificados años después confirmaron las circunstancias esenciales de su captura y muerte La historia tiene fechas, escenarios y protagonistas. También tiene víctimas, contradicciones y responsabilidades que no deben desaparecer detrás de una fotografía convertida en símbolo.

El Asesino cruel y despiadado detrás del mito. Para millones de personas, el Che se convirtió en una figura revolucionaria, un símbolo de rebeldía y un referente de la izquierda internacional. Su rostro, reproducido hasta el cansancio en camisetas, afiches y pancartas, terminó convertido en una imagen reconocible en prácticamente todo el mundo. Pero la historia no puede escribirse únicamente desde la admiración de sus seguidores ni desde el rechazo de sus adversarios. Guevara fue un dirigente revolucionario que defendió la lucha armada como instrumento para transformar el poder político. Después de la victoria de los revolucionarios cubanos en 1959, asumió responsabilidades dentro del nuevo régimen y posteriormente intentó impulsar movimientos guerrilleros en otros países. Su proyecto boliviano pretendía convertirse en un punto de partida para extender la revolución por el continente. Sin embargo, la campaña fracasó: la guerrilla quedó aislada, enfrentó dificultades para conseguir respaldo campesino y fue perseguida por las fuerzas armadas bolivianas, que contaban con entrenamiento y apoyo estadounidense. La documentación histórica confirma que Washington seguía de cerca sus movimientos y que el Gobierno estadounidense tenía un interés estratégico en impedir la expansión de la insurgencia inspirada por Cuba. La pregunta es inevitable: ¿cuántas veces la historia ha convertido en leyenda a hombres que escogieron las armas como camino para imponer sus ideales?

La verdad: del combate a la ejecución. El 8 de octubre de 1967, las tropas bolivianas capturaron a Guevara durante un enfrentamiento en la quebrada del Yuro. Herido y sin posibilidades inmediatas de escapar, fue trasladado a una pequeña escuela de La Higuera. Allí pasó sus últimas horas bajo custodia militar. La versión inicial difundida por las autoridades bolivianas sostenía que había muerto a consecuencia de las heridas sufridas durante el combate. Sin embargo, los informes secretos que llegaron a las más altas instancias del Gobierno estadounidense describieron otra realidad. Un memorando del director de la CIA, Richard Helms, fechado el 11 de octubre de 1967, consignó que el cuartel general del Ejército boliviano había ordenado matar a Guevara a las 11:50 de la mañana del día 9. La orden fue ejecutada a la 1:15 de la tarde mediante disparos de un fusil automático. El documento señalaba que Guevara tenía una herida en una pierna, pero se encontraba en condiciones que desmentían la versión de que había fallecido como consecuencia inmediata de sus lesiones. No fue, por tanto, una muerte accidental en combate. Fue una ejecución de un prisionero capturado vivo. La precisión de esos registros deja una lección que trasciende las posiciones ideológicas: la historia debe contarse con documentos, no solamente con discursos.
¿héroe revolucionario o promotor de la violencia? Aquí comienza la discusión que todavía divide a generaciones. Sus admiradores destacan su compromiso revolucionario, su disposición a abandonar posiciones de poder para continuar la lucha y su imagen de combatiente internacionalista. Sus críticos cuestionan los métodos violentos que defendió, su participación en el aparato revolucionario cubano y su convicción de que la lucha armada podía abrir el camino a una transformación continental. Desde una perspectiva democrática, existe una diferencia fundamental entre defender una causa política y considerar legítimo recurrir a las armas para imponerla. Las ideas pueden debatirse. Los gobiernos pueden cambiarse mediante mecanismos políticos. Las injusticias deben denunciarse. Pero cuando la violencia se convierte en instrumento de transformación, las sociedades terminan pagando un precio que no siempre aparece en los retratos de sus dirigentes. Por eso, llamar la atención sobre la dimensión violenta del proyecto guerrillero de Guevara no exige negar los acontecimientos históricos ni atribuirle responsabilidades sin pruebas. Exige examinar sus actuaciones, sus declaraciones y las consecuencias de la estrategia que defendió. Tampoco puede confundirse la ejecución de un prisionero con una victoria moral. La captura de Guevara fue un resultado militar; su muerte bajo custodia plantea, además, una cuestión distinta sobre el trato debido a quien ya no representa una amenaza inmediata.

Una fotografía, dos historias: una sola verdad. La imagen de Guevara en sus últimas horas pertenece a uno de los episodios más conocidos de la historia latinoamericana del siglo XX. El hombre fotografiado ya había perdido su campaña militar, pero todavía estaba vivo. Horas después, sería ejecutado. La fotografía quedó como testimonio de un desenlace que sus protagonistas no podían convertir en una versión definitiva de la historia. Para unos, allí terminó la vida de un revolucionario (falsos ideales). Para otros, cayó el hombre que quiso extender la insurgencia armada por América Latina. Para la historia, murió un personaje cuya trayectoria obliga a examinar tanto sus ideales como los medios que escogió para defenderlos. El 9 de octubre no debería servir únicamente para alimentar mitologías políticas. También debe invitarnos a recordar que las revoluciones tienen consecuencias, que la violencia deja víctimas y que ningún personaje histórico está por encima del examen crítico.
El Che Guevara fue ejecutado hace 59 años. Su imagen sigue circulando, sus ideas continúan siendo objeto de controversia y su nombre permanece inscrito en las discusiones sobre revolución, violencia y poder. Pero una fotografía no cuenta toda la historia, y una leyenda tampoco sustituye a los hechos. La historia no necesita fabricar héroes ni demonios: necesita verdad, memoria y rigor para que las nuevas generaciones comprendan lo ocurrido, examinen sus consecuencias y aprendan que ningún ideal político convierte automáticamente la violencia en justicia.
Por Silverio Jose Herrera Caraballo