Hay afirmaciones que parecen provocaciones hasta que quien las pronuncia tiene suficientes argumentos para convertirlas en una tesis. Juan Gossaín, periodista, escritor, cronista caribeño y profundo conocedor de la cultura popular de nuestra región, lleva años defendiendo una de ellas: el vallenato no es un género musical; es, fundamentalmente, un género literario. No se trata de negar el acordeón, la caja, la guacharaca ni los cuatro aires tradicionales. Gossaín apunta a otra cosa: al corazón de esas canciones. A la historia que contienen. Al personaje que presentan. Al acontecimiento que rescatan. A la memoria colectiva que conservan.
En una entrevista concedida a El Espectador en 2020, Gossaín recordó una conversación sostenida años atrás con el escritor David Sánchez Juliao y fue categórico al reafirmar su posición: “El vallenato lo importante es la letra, la historia que cuenta”. Y añadió una definición que explica toda su teoría: “El vallenato es un cuento bien contado”. Ahí está la clave. Tomemos La custodia de Badillo, de Rafael Escalona. No es simplemente una melodía acompañada por acordeón. Allí existe un hecho, un pueblo, una iglesia, una custodia desaparecida, sospechas, personajes, acusaciones y hasta ironía. Gossaín recordaba que Escalona, al no saber exactamente cómo contar aquella historia, terminó hablando de un “ratero honrado”. Eso es periodismo narrativo convertido en canción.
Por eso Gossaín llamó a Escalona un cronista. Y por eso, años atrás, escribió sobre sus canciones como verdaderas crónicas cantadas. En una columna de Semana de 1994 llegó incluso a reivindicar La custodia de Badillo como una especie de memorial lleno de pruebas, indicios, alegatos e ironías.

Pero hay otra historia extraordinaria. En 1971, cuando Gossaín entrevistó a Gabriel García Márquez después de la publicación de Cien años de soledad, le preguntó qué era realmente aquella novela: ¿realidad, ficción o una mezcla de ambas? Según el propio Gossaín, Gabo pensó unos segundos y respondió que la novela era “un vallenato de 350 páginas”. La anécdota ha sido contada varias veces por el periodista y aparece documentada también en El Tiempo. La frase de Gabo adquiere otra dimensión cuando se entiende la concepción de Gossaín: el vallenato tradicional no necesitaba cientos de páginas para construir una historia. Le bastaban tres o cuatro estrofas para retratar un personaje, registrar un acontecimiento o dejar constancia de una época.
Y aparece entonces Leandro Díaz. Gossaín recuerda uno de sus versos: “Cuando Matilde camina hasta sonríe la sabana”. Para él, no es solamente una frase musical. Es literatura. Es imagen, metáfora y belleza condensada en pocas palabras. Cuando entrevistó a Leandro, le preguntó cómo podía describir con tanta precisión aquello que no veía. El compositor respondió: “Yo veo con los ojos del alma”. De aquella conversación nació precisamente el título de una de las crónicas de Gossaín.
Ese es el vallenato que Gossaín reivindica: el que cuenta quién llegó, quién se fue, quién murió, quién amó, quién engañó, qué ocurrió en el pueblo y qué personaje merece ser recordado. El juglar era, en buena medida, el reportero de su tiempo. Iba de pueblo en pueblo llevando noticias, historias, amores, tragedias y acontecimientos. Gossaín ha comparado esa tradición con los antiguos juglares y trovadores que transmitían historias oralmente. Por eso el debate no consiste en quitarle música al vallenato. Consiste en devolverle la palabra. Porque antes de las grandes producciones, de las luces, de las tarimas y de la industria discográfica, hubo un hombre con una historia y otro dispuesto a cantarla. Y quizá esa sea la verdadera grandeza del vallenato: que antes de convertirse en música para bailar, nació como una manera de contar la vida.
Por Silverio Jose Herrera Caraballo