Hay símbolos que pesan mucho más que su propio material. Un casco puede parecer un simple elemento de protección, pero cuando representa el sacrificio, la disciplina y el compromiso de los hombres y mujeres de la Policía Nacional, adquiere un significado que trasciende cualquier ceremonia. Es el símbolo de quienes, en medio de la tensión y el peligro, tienen la responsabilidad de proteger a los ciudadanos y preservar el orden constitucional.

La entrega de un casco antidisturbios al presidente Abelardo De la Espriella, en reconocimiento a su respaldo a la Fuerza Pública, representa, según el sentido que le atribuimos a este gesto, un mensaje político e institucional: el Estado no puede abandonar a quienes tienen la misión de defenderlo. Y conviene decirlo sin rodeos: respaldar a la Policía no significa desconocer los derechos ciudadanos. Significa comprender que una democracia necesita instituciones capaces de garantizar tanto la protesta pacífica como la seguridad de quienes no participan en ella.
Durante más de dos décadas, el Escuadrón Móvil Antidisturbios, conocido por los colombianos como ESMAD, estuvo en el centro de una de las discusiones más intensas sobre seguridad, autoridad y protesta social. Sus integrantes enfrentaron jornadas complejas, ataques con piedras y objetos contundentes, destrucción de bienes públicos y privados y situaciones en las que el control del orden público exigió preparación, resistencia y disciplina.

La institución también ha enfrentado cuestionamientos legítimos por actuaciones de algunos de sus integrantes. Reconocer esa realidad no obliga a desconocer el trabajo de quienes cumplen sus funciones con profesionalismo. La respuesta correcta ante los abusos es investigar, sancionar cuando corresponda y fortalecer los controles, no desproteger a toda una institución ni condenar anticipadamente a quienes portan el uniforme.
El debate volvió a tomar fuerza en octubre de 2026. Tras las movilizaciones del día 14, el presidente publicó el mensaje «ESMAD RELOADED», y la Policía Nacional formalizó una nueva estructura antidisturbios mediante la Resolución 03226 de 2026, que estableció la Unidad Nacional Antidisturbios, UNADI, en reemplazo de la UNDMO. La decisión reabrió la discusión sobre las herramientas con las que el Estado debe responder a los disturbios, bajo la Constitución y las normas de derechos humanos.
En ese escenario, la posición de este columnista es clara: Colombia necesita una Fuerza Pública respaldada, preparada y dotada de los medios adecuados para cumplir su misión. Ningún policía debería salir a una jornada de alteración del orden público sintiendo que el Estado le exige resultados, pero lo deja solo cuando llegan las consecuencias. Sin embargo, el casco no puede convertirse en una licencia para actuar por fuera de la ley. Su verdadero significado está en la protección, la contención y el uso legítimo, proporcional y necesario de la fuerza. El uniforme impone autoridad, pero también una responsabilidad superior frente a la vida y los derechos de todos.
La protesta pacífica es un derecho; el vandalismo y la agresión no pueden presentarse como sinónimos de participación democrática. Del mismo modo, la autoridad no puede confundir a quien marcha pacíficamente con quien destruye, amenaza o ataca. Distinguir esas conductas es una obligación institucional, no una concesión política.
Presidente De la Espriella: respaldar a los policías debe traducirse en mejores equipos, formación permanente, garantías jurídicas, protocolos claros y respeto por la ley. La firmeza del Estado se mide por su capacidad de proteger a los ciudadanos sin renunciar a los principios que sostienen la República.
La Patria Milagro no caminará fuerte únicamente porque sus policías vuelvan a portar un determinado uniforme o porque un casco llegue a manos del jefe de Estado. Caminará fuerte cuando el ciudadano pueda salir a la calle sin miedo, cuando el comerciante trabaje tranquilo, cuando el campesino produzca sin amenazas y cuando el policía regrese sano a casa, con la satisfacción de haber cumplido su deber. Por eso, ese casco puede convertirse en una declaración de principios: autoridad sin arbitrariedad, firmeza sin venganza y seguridad con responsabilidad. Con el casco puesto, que camine fuerte la Patria Milagro. Que Colombia recupere la tranquilidad, que la ley sea respetada y que quienes protegen a los buenos ciudadanos nunca olviden que su mayor victoria no es imponer temor, sino garantizar la convivencia. Porque una patria segura no es aquella donde el Estado intimida a todos, sino aquella donde nadie puede someter a los demás mediante la violencia